74.-¿Qué pasa entre las madres y las hijas?

-Te digo que te tienes que venir conmigo a mi dermatólogo. Eso que te ha salido en la nariz es de la edad. Aunque no quieras reconocerlo te haces también mayor y debes cuidarte.- Ainssss... , me muerdo la lengua y arrugo mi nariz.
-Pero mama, si no es nada. No me molesta nada, y qué va a ser de la edad. Además me viene fatal. A ver, ¿Qué hago con los niños?- Le contesto desairada, mira que decir lo de la edad.
-Para eso tienes un marido, que se quede él con los niños mientras vas al médico. -Uffff, me vuelvo a morder la lengua.
-Ya sabes que trabaja hasta tarde.- Le contesto más fatidiada aún. Me joroba mucho no poder contar con Martín por las tardes, no necesito que me lo recuerde.
-¿Qué haríais ahora todos vosotros sin los abuelos?- Joooeeee. Me muerdo la lengua por tercera vez. ¡Ya hasta me duele!
-Pues mama, habría buscado una señora que me los cuidase.- Le digo completamente asqueada.

Es inceible que puntería tiene mi madre. No se da cuenta que mete el dedo en todas mis yagas. Quizás se cree que nos gusta tanto a Martín como a mí que él tenga que trabajar tantas horas y hasta tan tarde, y yo pasarme la tarde peleando sola con los hijos. Pero no sabíamos esto de jóvenes, no previmos que nos vendría bien un horario solo de mañana, nunca nos planteamos estudiar unas oposiciones, o buscar un empleo menos exigente, nos metimos en la empresa privada donde se ganaba más, sin saber que a cambio nos chuparían hasta la última gota de sangre.

Mi padres vivieron de otra manera, mi madre estaba en casa y mi padre salía a las tres de trabajar, por ello imagino que literalmente alucinan con la vida que llevo yo; corriendo de un lado a otro para llegar a todos sitios por supuesto tarde, volviéndome loca para simplemente medio cumplir, haciendo lo que buenamente puedo pero sin hacer nunca nada bien, sin sentirme orgullosa de nada, con la impresión de que mi vida se descontrola cuesta abajo. Pero no es culpa mía, me arrastra la corriente y es que no sé bajar de este tren súper rápido de última tecnología. No entienden que Martín y yo sólo tratamos de sobrevivir, aunque nos cueste la vida hacerlo.

Podría haber optado por contratar a alguien para cuidar de mis hijos, apartando a los abuelos, poniendo barreras para no tener que escuchar lo que opinan sobre todo lo que hago, de lo que decido, para no tener que intuir en sus expresiones que ellos lo habrían hecho de otra manera. Pódría haberme evitado saber todo el tiempo que no sigo sus pasos, que mi vida va por otra senda. Espero que no sea mala, pero seguro que es distinta, muy distinta porque estos tiempos son otros.

Pero yo amo la familia y adoro a mis padres, además estoy convencida que los abuelos y los nietos deben pasar tiempo juntos, para compartir, para aprender, para que los nietos les transmitan sus energías de vivir a sus abuelos, y los abuelos les regalen sus vivencias, sabiduría y experiencia. Estoy completamente convencida que estos momentos que pasan juntos son de un valor incalculable, y por eso cuento con ellos, aunque me tenga que tragar algunas cosillas que preferiría no oir. Pero claro, los padres están para decirnos las verdades, porque si no lo hacen ellos, ¿Quién lo va a hacer?

Rumiando estos pensamientos me voy con mi madre al dermatólogo, voy algo disgustada, porque me ha costado mucho escaparme antes del curro, colocar a los niños y encima empieza a caer copos de nieve de camino a la consulta:

-¡Madre mía!. Odio conducir cuando nieva. Creo que mejor doy la vuelta… -Comento nerviosas.
-Pero si son tres copos locos. Esto ni cuaja.
-Que no, que me da mucho miedo mama. Una vez empezó a nevar así de camino al cole y de pronto nevaba un montón, el coche se me iba sin control. Paré asustada, y cuando pude seguir había coches en la cuneta y otros habían chocado porque no pudieron frenar.- Me voy poniendo histérica.
-Si nieva más dejamos el coche y nos vamos en metro. Pero con lo que me ha costado convencerte vamos a la consulta.
-No puedo dejar el coche tirado si nieva… Lo necesito mañana a primera hora. Tengo una reunión. Odio conducir con nieve… Ya le he dicho a mi jefe que si nieva me quedo en casa. Estoy muy agobiada mama. Mejor nos volvemos a casa… -Le digo acojonada ya viéndome tirada en mitad de un metro de nieve.
-Si no cuaja, no ves que ha empezado a llover. Anda, no seas exagerada. Esto no es ni una nevada, es agua nieve.
-Ya, como cuaje nos vamos a enterar.- Le digo asustada pero sin ánimos de llevarle la contraria y huir como una cobarde al garaje seguro de mi casa.

De ese ánimo llegamos a la consulta donde el dermatólogo que además era cirujano plástico de piel, a mi pesar, le dio la razón a mi encantada madre, lo de la nariz sí que era de la edad. Lo bueno es que me los podía quemar con no se qué chisme de nitrógeno líquido. Yo puse corriendo mi nariz deseando quitarme la evidencia de los cuarenta y el doctor ejecutó aplicando la llama helada sobre mi sobresaliente nariz.
-Ya que estamos aquí quería comentarle que mi hija tiene una verruga en el ombligo. No se suele ver, pero en los embarazos cuando se le salió el ombligo la descubrimos. - Comentó como tal cosa mi madre, mientras a mi se me abria la boca de incredulidad. ¿Verruga en el ombligo? ¡Si ni me la veo! Han pasado nueve añazos desde la ultima vez que la vi.
-Qué más da mama.- Logré balcucir completamente azorada.
-Ya que estamos, aprovechamos, ¿no? Enséñasela. Podría ser mala.

Yo no estaba preparada para enseñarle nada debajo de la ropa al doctor, solo pensaba enseñarle mi nariz. Para eso si estaba mentalizada. Este día frío de Enero que preveían nieve por la mañana me había puesto mi braga de cuello alto más abrigadita y más viejecina para ir bien cómoda. Una con unas puntillas deshilachadas horrorosas que debí comprar hace miles de años en algún mercadillo. Joooeeeee, si hubiera sabido que mi madre se iba a empeñar en que me bajara el pantalón habría elegido una ropa interior menos vergonzante.

Encima, cuando voy le enseño el ombligo al doctor compruebo horrorizada ¡Que lo tengo lleno de pelotillas! Me puse colorada como un tomate. ¡Qué sofoco! ¡Dios, manda un rayo y que me pulverice ahora mismo!
No es que no me haya duchado y sea una cochina, es que cuando me ducho normalmente no me acuerdo de que tengo ombligo y de que hay que limpiarlo. Ni siquiera sé a ciencia cierta de si es conveniente limpiarlo o no. Nunca me he parado a comprobar que hay dentro de él. ¿Vosotros si? Yo intento enseñar la jodida verruga en mi ombligo entre las pelotillas negras y el pobre doctor a modo de escusa para terminar con la bochornosa escena comenta que no se diferencia bien la verruga…
¡Claro!, pienso yo, es difícil distinguirla entre tanta pelotilla de roña.

Mi madre que no se ha enterado de nada continúa con la carga:
-Doctor, ya que estamos aquí voy a aprovechar. Pues mi hija tiene mucha barriga, aún estando delgada en otras ocasiones, tiene barriga. Anda enséñasela.
- Mama… Eso es que estoy gorda... - Ni hablar, pienso, no pienso enseñar nada más.
-En realidad lo de la barriga no entra dentro de lo que yo hago. – Contesta el buen doctor nuevamente abochornado.- Lo mío es estética de piel. La barriga es grasa, por dejado de la piel. Para la barriga mejor es que se haga una liposucción, sin duda es lo más eficaz para ella.
Yo deseando acabar la consulta le doy las gracias al doctor por su franqueza y salgo pitando queriendo matar a mi madre.
-Pero mamaaaaa.- Me giro de pronto y le confieso.- No veas que vergüenza... Resulta que tenía el ombligo sucio y lleno de pelotillas negras.
-Ahhh…- Se queda pensativa.- Ahora comprendo porque venía el doctor tan ruborizado. Si hasta tenía la raya del pelo coloradísima.
Y de pronto nos miramos la una a la otra y comenzamos morirnos de risa en un ataque incontrolable de carcajadas en el holl del hospital. Que buenísimas risotadas a todo pulmón nos echamos las dos agarradas del brazo. Se nos doblaban las patejas y a mi se me caian las lagrimas de tanto reir. La gente nos miraba desconcertada y con cierta envidia, porque no hay nada mejor para la salud que un buen soponcio de risa.

Qué a gustó me quedé y cuánto disfruté con mi madre esos minutos sin ninguna inhibición, nos reíamos juntas porque nos daba la gana y nos encantaba compartirlo. Nos reíamos juntas porque sentíamos nuestro vínculo, sentíamos que era nuestro momento y adorábamos ser ambas así (de guasonas). Nos reíamos juntas porque ahí estábamos madre e hija sintiendo intensamente un momento intimo aunque la gente nos rodease sorprendida.
Y a pesar a veces la quiera matar, en realidad a mi madre la quiero con locura y tengo el privilegio de ser la hija de una mujer excepcional y maravillosa. Por supuesto no me perdería por nada del mundo poder compartir nuevamente carcajadas con ella disfrutando de estos pequeños momentos que nos regala la vida.

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