73.- La invitación

Viene Hugo y nos reúne a todos para contarnos que resulta que las altas esferas están muy contentas con los resultados de nuestro trabajo; por lo visto ha subido mucho el porcentaje de éxito y como agradecimiento quieren invitar a todo el equipo a comer.

-Ostras… - Dice uno de mis compis
-Que cosa más rara. –Dice la otra.
-Nos invitan y seguro que luego nos echan. – Dice el siguiente.
-No me fío un pelo.- Dice el cuarto.
-A mí no me apetece nada de nada… - Digo yo.

En mi mundo que alguien te reconozca el merito es inaudito. Por eso nos da mala espina. Llevamos todo el año trabajando como mulos, todo el tiempo comiéndonos marrones, resolviendo conflictos, soportando presiones y angustias, y hoy cuando nos quieren reconocer el esfuerzo hecho ninguno tenemos ganas de celebrarlo.

-Chicos, en serio, esto es muy bueno para vosotros. – Nos intenta animar Hugo.- Es muy importante para vosotros que os conozcan vuestros jefes.- insiste.
-¿Pero quién va a esa comida?- Pregunta Marian.
-Pues nosotros y el coordinador, el gestor, el director y el gerente.- contesta Hugo.
-Uff, qué de peces gordos… No me apetece nada ir… Le digo al cuello de mi jersey. -Ya sabéis, reunión de pastores, oveja degollada…- Dice Darío.
-Pero ¿alguno de estos jefontes pueden decidir algo sobre nosotros? ¿O al final también son unos mandados? Y en realidad importa un pito que nos conozcan. – Pregunta Miguelón.
-Ya sabéis como son las cosas, sobre ellos hay otras cuatro o cinco capas más de jefes. Y luego hay políticas de empresas, pautas que cumplir, accionisttas y cosas del estilo por lo que ellos no toman esas decisiones o al menos eso dicen.
-Sí, si al final siempre son otros y esas políticas solo están pensadas para beneficiar a los de siempre.
-Pero chicos…, es bueno que cuando lean vuestro nombre en una lista recuerden vuestra cara y que sois una persona y no solo un número.
-Ya…
-A mi me da igual, lo que me importa es que pienso meterme entre pecho y espalda el filetaco más caro del restaurante.

Esa frase nos convence a todos para aceptar la invitación del próximo jueves: ¡Nos pensamos poner morados! Eso al menos nos llevamos por delante.

Para mi sorpresa los reconocimientos continúan, tras casi dieciséis años trabajando y ni una palmadita en la espalda de pronto llegan todas juntas. No sé qué mandamás de otro departamento le ha mandado un correo a mi director agradeciendo haberles salvado de una situación crítica. Me parece ciencia ficción cuando leo el correo ya de noche en mi casa. De hecho, me lo he tenido que releer varias veces para asimilarlo; pensaba que era una mala pasada del cansancio y el sueño.

WS: Hugo. Hay un correíto muy curioso que ha llegado ahora por la noche. Deberías echarle un ojo.
WS: Vaya. ¿Son malas noticias?
WS: No, si puedes dedícale unos minutos antes de acostarte.
WS: Bueno, cuando meta a los niños en la cama.
WS:OK

Pasan un par de horas y yo estoy a punto de ponerme el pijama:
WS: ¡Ostras Dorita! ¡Estás de racha!
WS: Estamos…
WS: Deberíamos echar a la lotería, seguro que nos toca.
WS: Jajaja. Recuerda que echamos cada semana al euromillón por si no toca y no volvemos por la ofi nunca más.
WS: ¡Esto es una pasada!
WS: No se que les ocurre que han pasado de ponernos verdes a echarnos flores.
WS: ¡Qué bueno!

Se acercaba el día de la famosa invitación y de pronto va y se nos caen todas las maquinas, los servicios empiezan a ir fatal y el porcentaje de éxito andaba rozando el cero. Hugo nos dice que se suspende la comida por problemas de calendario de los patronos. Si ya lo sabía yo, estos se han arrepentido y nos han des-invitado. ¡Pues mejor!
Pues no, que pena, en realidad si habían aplazado la comida una semana… Así que allí estaba yo, con mis mejores y más profesionales galas esperando nerviosa junta a mis compis que bajaran la clase noble de la empresa. Jooooeeee, que pereza…

Ummm, debería haber sacado más brillo a mis zapatos, dicen que es el reflejo de la persona y los míos están, están… ¡Llenos de mierda! Jooeeee, pero así representan lo que yo soy … ¡Una genio despistada y dejada! ¿No? Podría ser, yo soy así, hago lo que puedo, lo mejor que logro, ¿Qué pasa? Si no les gustan mis zapatos que me echen, ¿Eh? A ver…, si me toca al lado de alguno de estos señores, ¿de qué narices puedo hablarles yo? Yo que no sé de nada que les sea interesante; Ni idea de bolsa, de finanzas, de marketing, de outsourcing, palabrejas de esas cosas que imagino que les mola comentar a las altas esferas y que ni sospecho que pueden ser. Yo solo sé de lo mío, de mis cosas, de mi casa, de mi familia, de mi trabajo, pero qué pereza hablar de curro… ¡Con lo bien que estaría resolviendo marrones! Y aquí estoy sonriendo aunque lo que quiero hacer es salir corriendo.

Entonces llegan sonrientes y relajados, nos presentan, nos damos besos como la gente sencilla hace y hablamos de cosas educadas mientras esperamos a estar todos. Nos repartimos en sus coches y nos vamos de camino al restaurante. He creado mentalmente un plan; sentarme lo más lejos posible de estos señores y rodearme de mis compañeros así no tendré que preocuparme de incómodos silencios con los jefes. Pero por supuesto, cuando llego al restaurante ya están sentados el gestor, el director y el gerente, y como mi coordinador es tan amable y caballeroso, va y me cede el siguiente sitio vacio. Y quedo rodeada por todos ellos.

-Ehhhh… - Trato de ir para atrás. Pero veo su cara de sorpresa. - Ahhhh… - Parezco gilipollas. Y voy hacia la silla fatídica rodeada de la clase noble. -Gracias… - Susurro y en mi mente grito: ¡Noooooooooo! , mientras les sonrío a todos.
- ¿Algo de beber mientras nos traen la carta?
-Sí…, yo necesito…digo, quiero un vino, por favor. – Necesito algo de alcohol para superar este trance y que se me valla el susto. Unos cuantos vinos y no pararé de hablar, pienso. Y con el propósito de pasar lo mejor posible este trance me trago varias copas seguidas.
-Dorita, tú tienes niños, ¿no?- Me pregunta el gerente.
-Sí, tengo dos: Niño y niña. El chico es mayor y está preadolescente. Acaba de empezar el instituto ¡Con menos de doce años!
-Yo tengo tres niñas. Es una locura tantas mujeres en casa. –Dice el gerente.- Pero a pesar de ser tres niñas tienen caracteres distintos. Tengo la princesa, la marimacho y la diablo. La princesa siempre de rosa, con lazos, brillos, súper cursi, imaginaros. La otra, aunque es mi hija, es lo que siempre se ha dicho “chicazo”, siempre en chándal, jugando al futbol, pegándose con los chicos. Y la tercera, un demonio, eso es un demonio de dos años. ¡Qué carácter!¡Siempre gritando!
-Pues yo tengo dos chicos, menudos brutos. –Nos cuenta el director.- Su afán es que vayamos a la Warner a subirnos, ¿cómo se llama? , el demonio de acero. Esa atracción que vas con las piernas al aire. ¡Joder! ¡Qué mal lo pasé! Mi mujer se sentó con el mayor y yo con el pequeño, y no me enteré de si gritaba o no, porque sólo era capaz de oir mis propios gritos. Todo mi afán era sobrevivir a esa monstruosidad de montaña rusa. Empezando porque a la primera mi chancla salió volando y no la encontré, así que tuve que comprarme unas de piolín, que era las únicas que había de mi talla. ¡Qué horror! ¡Nunca más monto allí! Cuando baje templando, mis patillas no me tenían, me arrodillé e hice como el papa en los aeropuertos; besé el suelo. Y el cabrón de mi hijo pequeño va y me dice: “Otra vez papá”. Y un huevo niño, le respondí enfadado.
-A mi me encantaban las montañas rusas. –Nos contó el gestor.- Pero debe ser la edad, porque de pronto ahora tengo vértigo y lo paso fatal. Quizás es porque estoy todo el tiempo pendiente de que los niños no me salgan volando. No es lo mismo cuando uno solo se tiene que preocupar de sí mismo, que de evitar que un pulpo lance a tus hijos por los aires. Monté con mis dos peques de 3 y 5 años en el pulpo y me dio un ataque de pánico. El de cinco quería subir el bicho y hacerlo girar y el pequeño tiraba para abajo el volante. El resultado era que ese chisme iba a trompicones y chirriando todas las tuercas, y yo solo pensaba en que se le partiría una pata y nos estrellaríamos contra algún árbol. De lo tenso que estuve ese rato me hice una contractura que me ha tenido que arreglar el fisio.

Imagino que fue el vino, o que me di cuenta que estos señores eran ni más y menos normales, o sea como yo; padres de familia que sufrían criar a sus hijos, tenían sus historias en casa y sobre todo no mordían. El caso es que empecé a divertirme de verdad y sin darme cuenta me estaba partiendo de risa con todas las historias que contaban. ¡Pero qué tipos más salaos contando las cosas! Me anime y empecé a hablar yo como una descosida, que anécdotas no me faltan y además siempre me dicen que borracha soy muy divertida. El caso es que hablamos de los parques de atracciones, de Eurodisney, de viajar en coche, de todos los viajes que habíamos hecho, de ir a la rioja, del vino, de ir de catas, de cómo se come en España… Y yo carcajada por aquí, carcajada por allá, me sentía tan cómoda que me dio por descalzarme para estar más a gustito y porque andaba bastante desinhibida.

¡Coño! He perdido un zapato. A ver si lo encuentro, y empecé a estirar la pierna por debajo de la mesa primero hacía atrás, luego hacía un lado, chocando con la espinilla del gerente “perdón”, luego hacía el otro lado, tropezando con la pantorrilla del coordinador; Joooeeee, que vergüenza, seguro que me he puesto colorada. ¡Y nada! El puto zapato sin aparecer…

Me estiro así como disimulando para alargar las piernas hacia el frente bajando el culo por la silla en una postura como desparramadamente distraída y algo despatarrada y empiezo a tantear el suelo nerviosa con el píe. ¡Qué vergüenza! ¡Por Dios! ¿Pero dónde cojones estará el puto zapato? Encima, me meo, pero no voy a ir al baño con un zapato sí y otro no. “Uy, Perdón” ¡otra pierna! ¿De quién será esta? Miro a mi alrededor avergonzada, a ver si estos se van a creer que estoy haciendo piececitos … ¡Con todos ellos! Creo que no me queda otra que meterme debajo de la mesa: Ni corta ni perezosa tiro mi servilleta y digo a modo de excusa “uysss, se me ha caído”, metiendo la cabeza debajo de la mesa para buscar más cómodamente mi jodido zapato. Inmediatamente veo también debajo de la mesa la cabeza de mi compi Darío que me dice:

-¿Se puede saber a qué estás jugando? Estas haciendo cosas muy raras Dorita.
-Es que he perdido el zapato.
-Joder tía, que cosas te pasan. Te ayudo a buscarlo.
Entonces veo también la cabeza de Hugo debajo de la mesa.
-¿Se puede saber qué coño estáis haciendo vosotros dos debajo de la mesa?
Y entonces aparece otra cabeza, la del director, que sujeta una cosa con la mano y nos pregunta con una sonrisa de oreja a oreja:
-¿Es de alguien este zapato…? - Lleno me mierda, termino la pregunta mentalmente, mientras mi cara hace una mueca lamentable.

Sentada en un banco frente a mi coche mientras espero a que se me pase un poco la cogorza para poder conducir, me planteo si he impresionado al final a mis jefes. Bueno mejor dicho si les he impresionado para bien o para mal. En fin, me consuelo, al menos lo pasé bien, definitivamente esto de relacionarse con los jefes no era tan malo como parecía.

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