58.- Una de manualidades

Querido diario tras varios meses abandonado por fin te vuelvo a escribir. Muchas veces he tenido ganas de hacerlo y por la calle iba pensando que este acontecimiento se merecía unas palabrejas y como las podría escribir, pero no lograba sacar tiempo para plasmar las frases que imaginaba porque los momentos de paz y tranquilidad en casa, los momentos para profundizar en mi persona, esos momentos que dedicaba a la escritura, los he empleado en realizar todo tipo de complejas manualidades para el mercadillo del viaje de fin de curso de mi hijo.

Vamos, que he echado horas y horas en esto de la artesanía casera haciendo collares de cuentas de madera, pulseras de nudos de macramé (que por cierto, me quedan como un poco churras), colgantes de plastilina, broches de alfileres, anillos de alambre, diademas de cremalleras, coleteros, horquillitas, medallitas, imanes, lazos, muñequitas...

Y es que escribir mis tonterías me gusta, pero tirarme toda la noche creando figuritas de fimo para pegarlas en horquillitas, broches y coleteros, recortar goma eva, pegar con mi súper pistola de silicona me encanta, además que me entretiene las horas muertas .

Tras acostar a los niños, en mi momento de paz, me pongo mi musiquita, esa que me sienta tan bien, y me vuelve un poquito melancólica añorando la juventud que estoy a punto de perder :-); la chica del ayer de Nacha Pop, cartas en el cajón de la Guardia, ojos de gata de Los Secretos, el límite de la Frontera, esos ojos negros de Ducan Dhu entre muchos más que me transportan a mis años de instituto, a mi habitación cuando escuchaba estas mismas canciones que me emocionaban porque siempre soñaba que la chica de las canciones no era otra que yo misma.

Ayyy..., mientras me dejo llevar por los recuerdos voy haciendo estas cositas tan entretenida que se me pasan las horas sin enterarme y cuando me doy cuenta es ya madrugada bien entrada ¡Uy! ¿Mañana a ver quien se levanta a las seis? ¡Este mes he dormido poquísimo! Pero es que tengo un mono tremendo de estos momentos, estoy deseando llegar a casa para ponerme manos a la obra. Y me relaja tanto, tanto, tantísimo, que mis problemas se esfuman, ya solo pienso en como pintar una boquita perfecta de pitimini en una fofucha.

 Mi concentración es tal que ya el resto del mundo no importa; no importan las duchas, ni las cenas, ni los deberes de los niños, ni sus exámenes, ni mi marido, ni el sexo, ni nada de nada. Cuando hago estas manualidades estoy así como en el nirvana de los budistas, concentrada en mi personita, sin que nada me afecte. Bueno, esto del nirvana es hasta mi hija terremoto-huracán llega por el salón con su energía arrolladora y decide que las figuritas llevan demasiado tiempo esperando, o que el barniz no necesita secado, o que ya va siendo de utilizar la súper pistola de silicona de mama, le entra una prisa insoportable por ver las cosas terminadas y decide por cuenta propia acelerar un poquitín el proceso creativo de su madre, rompiendo bruscamente en mil pedazos mi paz interior, mi asimilación de energía cósmica, mi meditación profunda en mi nucleo vital.

 ¡Agggg! Arrastrándome en menos de un minuto a un estado de locura y ansiedad para atenderle todas las solicitudes que me hace, y como no doy a basto, ni corta ni perezosa se lía a recortar, pegar, mezclar, colorear, adornar, decorar, llenar de purpurina, brillantes y corazoncitos todo lo que yo pacientemente había creado, clasificado y organizado a lo largo de cada una de las mesas y muebles de mi salón, dejando manga por hombro mis preciosas y mimadas artesanías que con tanto esmero había hecho durante tantas noches.
El lado bueno es ya no podrán decir que le he hecho el trabajo a mi hijo.

He de reconocer que me pone un poquitín nerviosilla que mi casa esté completamente tomada por todo tipo de materiales variopintos; adornos, pegamentos, colas , barnices, cordones, cartulinas, plastilinas, pegatinas, papeles de charol, de goma eva, purpurinas, fieltro, lana, rotuladores, moldes... Entras en el salón y para llegar al sofá es necesario ir saltando de un pie a otro evitando las bolsas y cajas que tengo llenas de estas apreciadas adquisiciones para mis creaciones. Aunque me empeño en mantener un poco ordenado este caos, no logró ocultar con mucho éxito tanto chisme, ni terminó nunca de aspirar la purpurina y los brillos que se han fijando por toda la casa y por mi cuerpo y pelo. Tanto, que últimamente me dicen en el curro que estoy más brillante y no es una expresión, es que tengo la purpurina incrustada en la piel.

Al final todos los rincones de mi hogar están llenos de cachivaches, porque mi casa es muy pequeña y tengo los armarios a punto de explotar, así que no me quedo más remedio que improvisar escondites para mis cositas: Detrás del sofá, en el hueco al lado de la tele, en la esquina al fondo al lado de la estantería, debajo de todas las mesas y las camas... Toda esta esplendida colección de materia ha salido del incomparable maxi chino de mi barrio. ¡Qué descubrimiento! ¡Un chino gigante esperándome! La primera vez que entré en él, me temblaban las canillas con el hallazgo, estaba que me salía de mi misma de la alegría, porque me encontraba en algo así como el corte inglés de lo cutre.

La magnitud del descubrimiento me superaba. Con lagrimas en los ojos de la emoción me volví loca rebuscando entre sus pasillos, y reuniendo compulsivamente chorradas por pocos céntimos:
 -¡Dios mío! Un juego de celo rosa y boli con muelle por 75 céntimos... ¡Me lo llevo!
-¡Madre mía! Un corta patas, ralla queso, pela ajos y exprime mandarinas, todo en uno, por un euro venticindo céntimos . ¡No puedo vivir sin este trasto! ¡Me lo llevo!
 -Ahhhhh, ¡Unas mayas de leopardo por 3 euros!... están súper de moda... ummmm... sólo que me parece que no es mi estilo. Mejor no me lo llevo.
-¡Isss! Una mini linterna, termómetro, mechero y ventilador. ¡Qué chulada! ¡Me lo llevo!

 ¡Qué subidón! ¡Puedo comprar como una loca sin remordimientos! ¡Comprar, comprar, comprar! ¡Qué frenesí!¡Adquirir muchos productos y pagar pocos euros! El paraíso de una madre que no controla los gastos. El consumismo me arde en las venas. Pero el consumismo cutre, eso sí, porque he comprobado que todo lo que compro en pocos días se me acaba rompiendo en pedazos, y siempre no me queda más remedio que tirarlo a la basura.

Por fin llego el día de embalar y recoger todas las manualidades y llevarlas al mercadillo del cole. En el cole había montada una buena, allí estaban las madres y los padres al píe del cañón a pesar del frío navideño. Todos muy dispuesto a ser buensimos vendedores y sacarse unas perrillas para hacer más llevadero los gastos del viaje de los críos. Porque esos enanos no se conforman con ir a la casa de campo, no, con 11 y 12 años quieren irse bien lejos de sus padres para experimentar una vivencia de mayores.
Los padres no estamos muy convencidos, pero como se hace siempre y es costumbre, no vamos a ser nosotros los padres retrógrados que no dejen a sus nenes volar hacia la pubertad. En fin que un poco acongojados pasamos por el aro, pensando que leches van a hacer estos mocosos en un hotel en Gandía.

Finalmente se había reunido una cantidad bastante considerable de artículos para vender. El reclamo "de necesitan donativos para el mercadillo del viaje fin de curso" había permitido a más de uno deshacerse de la colección de ceniceros regalados por la suegra en cada viaje, o de aquel collar horrible que le regalo la cuñá, o de esos marquitos tan horrorosos que llevan siglos guardados en un cajón del aparador del comedor. Hasta mi madre quiso deshacerse de un anticuado y casposo humificador sospechosamente lleno de hongos verdes. Pero al final la convencí de que era mejor colaborar con puntos de lectura caseros.

 -Mama, mama... ¿Me puedo comprar un colgante de hello kitty? -Pero hija, si nosotros vendemos, no compramos. Somos los que debemos ganar dinero. No los que gastan
-Venga mama, porfi, porfi, porfi, que es muy bonito y me encanta...
-Bueno, venga, una cosa y ya está- Cedo malhumorada.
-¡Mama, mama!. Se vende un libro que me encanta- Me dice ahora el otro.
-¡Pero bueno! No deberíamos comprar sino vender. Nosotros somos los vendedores. No los compradores.
 -Pero es que este libro sí que me lo voy a leer... ¡te lo juro! ¡Todas las noches leeré a partir de ahora!
-¡Espero que sea de verdad!- Le contesto no demasiado convencida con los juramentos.
-¡Mama, mama! Están poniendo chocolate calentito. ¡Tengo mucha hambre!
-¿Y cuánto es?
-Uno euro cincuenta con el bizcocho.
-Venga, vale...
-¡Mama, mama! ¡Yo también quiero! Tengo las manos frías, así se calentarán.
 -¡Ay! Venga...
 -¡Mama! Y la prima también tiene frío y hambre.
 -Vale... Pues para ella también.
 -¡Mama! Y el primo, y mi amiga Laurita.
-¡Mama! He visto una funda de flauta que está muy bien.
 -¡Mama! Y venden una mini linterna, termómetro, mechero y ventilador como la que se nos rompió.
-¡Uy! ¡Pues esa me la pillo!

Al final entre pitos y flautas estoy segura de que he sido la mejor clienta de mi propio mercadillo, y en los días que ha durado me he debido dejar una verdadera pasta. Si ya sabía yo que no era buena en esto de los negocios.


Besitos,
SU.
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