Soñando en el metro


Otra vez de nuevo esperando en el andén a que llegue el metro. Llegó el tan esperado calor, y estamos tan felices, o al menos yo lo estoy salvo el ratito de metro; sobre todo cuando te toca el hueco debajo de la axila cantarina de un tipo algo barrigón y sudoroso…¡puag!
¡Prefiero el frío!¡ prefiero el frío! - grito en mi cerebro, mientras me trago el aroma embriagador de mi compañero de viaje. Al menos las ocho capas de jerseys y el abrigo te salva del impúdico y asqueroso contacto sudoroso y maloliente del metro. Y es que a veces… ¡qué mal huelen los vagones! Entras y te pega una bofetada de olores varios inverosímiles que me impulsan a salir corriendo o a desmayarme. Pero como llego tarde y una es muy práctica, pues con concentración mental logro recomponerme, e intentando aguantar lo máximo la respiración, resisto como una heroína en el vagón hasta que llega mi parada. Eso es lo que nos toca a la empobrecida y casi desaparecida clase media; taparnos la nariz y aguantar el tufillo de la sociedad.
Mejor voy a pensar cosas que me gusten mientras espero el dichoso tren que tarda tanto en llegar, y que está provocando que se llene el andén. Creo que estoy bien situada, además soy más corpulenta que la señora de mi lado, así que llegado el caso le puedo dar un empujoncito y colarme por la puerta, calculo mentalmente.
A ver..., sería guay, que yo estuviese aquí esperando y un jeque árabe de incognito obligado por su padre a venirse a Madrid para aprender a valorar su vida de placeres y comodidades, se fijara en mí. Ohhhh, diría el joven jeque extasiado, que mujer tan… ummmm… ¡Magnifica! Su belleza distinta me ha deslumbrado, y deseo hacerla mía y cubrirla de oro y joyas, retirarla de la vida de mama trabajadora, y ponerle sirvientas, cocineras y asistentas para que no tenga que madrugar nunca más, ni hacerse la cama, ni limpiar, ni gisar, ni mover un dedo nunca jamás. Además si fuera necesario mantendría al pobre marido y a los hijos, y les daría la vida que ella me pidiera… 
Vaya no está nada mal. ¡Qué lástima que este sueño sea hasta incluso difícil de soñar! Es una versión castiza de las mil y una noches, por lo del árabe, y esa peli de Eddie Murphy, el príncipe de Zamunda. Pero  no me creo ni para soñar lo de la belleza tan arrolladora para volver loco al jeque. A los cuarenta he perdido esa cualidad  -la de belleza arolladora- y he ganado muchos kilos a cambio.
A ver, voy a cambiar el sueño, algo más creible,  yo estaba esperando en el andén y un artista de gran fama, renombre y talento internacionalmente reconocido, que ha ido al metro en busca de inspiración queda hipnotizado por mi gran carisma y belleza interior.  Ohhhh, diría el joven- Tú deslumbrante personalidad me ha cautivado.  Tanto que  te vendrás conmigo a París, te daré una mansión, donde podrás vivir con tu marido  e hijos una vida despreocupada mientras accedas a ser mi musa.  La verdad es que este sueño me gusta pero tampoco lo puedo ni soñar, porque mi personalidad es del montón, soy tímida y algo aburrida.  No deslumbraría a nadie, en realidad a veces la gente ni se da cuenta que estoy por ahi a su lado.

Otro intento… A ver… Estoy en el andén esperando el metro y mi inteligencia abrumadora deja sin palabras al  gran científico y multimillonario americano que ha ido al metro a comprobar una nueva teoría , no, no, eso no me vale, no me cuela lo de la inteligencia…  Quizás pasa por picardía, no…  eso menos…, mi simpatía…, si soy un palo de siesa. A ver, pues mi cultura… no, eso no me vale, siempre pierdo al trivial y al apalabrados,  mi imaginación…, o quizás mi optimismo, mi humanidad, mi intuición…¡Pues vaya!¡No soy capaz ni de inventarme un buen sueño!
Llego a casa, y le digo a mi señor marido, que se encuentra cortando cebolla para el gazpachito de la cena, con voz desesperada: Tú me quieres cómo soy, ¿no?

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