Un sabado guisando


Domingo, todos dormidos y la tele toda para mí. ¡Qué maravilla! Voy a saborearlo con tranquilidad este especial momento, voy a darme ese gustito de ser la que manda esta noche en mi salón, porque me he ganado un poquito de paz…
¡Menudo finde! Este fin de semana quería ser una amita de casa de las de toda la vida, de las que tienen la casa limpia, los niños  y el marido en palmitas y encima cocinan de maravilla y se pueden dar el lujo de invitar a gente a comer la comida que preparan con sus propias manos. Este finde me dió por guisar.

Queriendo imitar a una amiga a la que admiro mucho y también siguiendo mi propósito de recuperar las personas que apreció y volver a tener vida de propia (no solo la de mis hijos),  invité a cenar a unos buenos amigos que hacía mucho que no veía. Quería que vinieran a casa y se sintieran muy a gusto y sobre todo les quería hacer una cena estupenda.  El problema, es que soy una cocinera, como diría...:¡Algo nerviosa! No es que sea mala guisando, porque a veces me salen comidas incluso buenas, pero es que tengo tanta inseguridad cuando cocino y me agobio mucho cuando debo tomar la más tonta de las decisiones en la cocina.
Por ejemplo, una cosa tan sencilla para unos, como saber si el fuego debe ir fuerte o flojo me supone a mí una crisis. Imaginaros que quiero hacer un pescado, pues inicialmente pongo el fuego fuerte para que tome calor la sartén y así se quede el pescadito crujiente,  pero entonces dudo... quizás debería bajarlo para que se haga en su jugo y se quede blandito.  Jooooeeeerrr, no tengo ni idea de que tengo que hacer.  Ummm, como buena mamá moderna se me ocurre que mejor busco la receta en youtube para ver como la hacen.  Vaya fracaso, después de tragarme tropecientas maneras de hacer lo mismo, en ninguna dicen cómo debo poner exactamente el fuego, tampoco veo bien si hace falta mucho aceite o poco. Esto es un follón… Así que finalmente mejor lo hago como me da la real gana. Y claro, como no, he elegido la opción equivocada,  no sé cómo me las apaño pero ni jugoso ni crujiente, sino todo lo contrario, me sale quemado por fuera y crudo por dentro.

Otro tema que me inquieta mucho es aquello de dar el punto a las comidas. ¡Que concepto tan abstracto esto del dichoso punto!. A ver…  ¿Cómo sé cuándo un pescado que estoy friendo en la sartén tiene el punto?¿Se puede saber dónde se mira eso?.  Aquí no hay ojos brillantes que apreciar, o por lo menos a mi nadie me lo ha contado. Siempre me pongo algo nerviosilla con el dichoso punto porque nunca lo encuentro.. . Y no hay nada que me jorobe más que después de estar guisando  con lo que me cuesta, no encuentre el dichoso punto  y  me quede crudo o demasiado quemado y duro como un zapato, algo así como  un poco incomible...

Y los niños, pobrecitos mios,  me dicen:
-Mama, es que no sabe igual a como lo hace la abuela… pero no te pongas triste que nos lo comemos...". 
¡Ja! Ya quisiera yo que me dijeran esto y se lo comieran, en realidad lo que me dicen es:
-¡Mamaaaaaaaa! , esto no sabe como lo hace la abuena... está asqueroso, no pienso comermeloooo, ¡mejor te lo comes tú!
Otra cosa que siempre me ocurre es que se me queman  las cosas. Mi marido me dice que solo haga una cosa cuando me pongo a guisar.  Que me concentre y disfrute del momento de guisotear. Pero es que así no me da tiempo a tenerlo todo terminado.  Mientras estoy cocinando, no puedo estarme quieta y empiezo por limpiar las ollas y los platos sucios que me molestan cantidad acumulados en la pila. Luego continúo y ya que estoy cerca de la terraza pues mientras se calienta el agua preparo lavadoras. Me vengo arriba y con una escapada  corriendo por los pasillos, mientras se cuece las patatas, hago las camas. Y ya que estoy por la casa, limpio baños, recojo el salón y estoy pendiente de los deberes de los niños...   Eso mientras se pochan las cebollas para la crema.
 ¡Vaya! Que mala suerte, ¿Cómo habrá podido ser? Se me han pasado demasiado demasiado estas verdiras, tienen algo de mala pinta, han tomado un color algo negro… ¿Sabrá a quemado el puré si las dejo?

Pero esta vez, me digo, voy a concentrarme en la empanada, y la niña y yo nos ponemos los delantales y vamos a disfrutar juntas de un “momento madre e hija cocinando”. Esta vez no va a haber plato sucio o sartén asquerosa que me entretenga, toda mi completa atención va a ser para el atún, el pisto y los huevos de la empanada.   Me he mentalizado y nada me va a entretener de mi misión; hacer una empanada riquísima para mis invitados.

Pero no podía ser que no se me quemara algo, así que aparece un señor trajeado de la compañía eléctrica en la puerta de mi casa y aunque intento deshacerme de él, me cuenta que me va a hacer una rebaja del 30% en mi factura. ¡Madre mía! Esta oferta no la puedo dejar escapar….
Me vuelvo loca... ¡Si yo pago una pasada de luz y gas! Y claro, me emociono con tal oferta que me lio a hacerle preguntas y paso de las señales de mi pobre niña que intentar avisarme de que algo va mal en el horno.  
De pronto, en medio de mi emoción por el ahorro que he logrado, huelo a empanada quemada. ¡Ay, ay, ay! ¡Mierda!  ¡Qué rabia me da! Después de haber extendido con gran cariño la masa, cocinado el relleno en la sartén, rellenado la empanada, haber hecho florecitas y caracoles para adornarla (idea de la niña)  y haber recubierto todo de huevo batido para que brillara… Después de tanto esfuerzo y tanto amor puesto en la preparación, ¡Va y se me quema la jodida empanada!

Finalmente el resto de la cena me salió casi bien,  el tarter un poco soso, pero muy bien picadito el salmón y el aguacate. Aquí lo tenía fácil porque no había peligro de que se me quemara.  La dificultad estaba con el aliño. Tenía que echar limón, salsa de soja, pimienta  y wasabi. Había leído que no me pasara con los ingredientes porque daban mucho sabor.  Tanto cuidado me di que el marinado se me quedó de lo más insipido insípido.   Ufff, esto de los condimentos es un mundo y claramente no es el mío. 
A ver, no me voy a dar por vencida... Voy a intentar arreglarlo, no debe ser tan dificil, como dice mi padre, echar y probar, venga, más sal, más wasabi, más soja... Pruebo, nada, otra vez: Sal, soja, wasabi, limón. Nada, a ver: pimienta, sal, oregano, ummm...¡Salsa brava!.  Joe, joe, otra vez: comino, mostaza, vinagre... Ay, ay, ay, esto empieza a estar raro,raro... ¡Pues ya está! Pongo todos los potingues en la mesa y que cada cual se eche lo que le de la gana. 

Mi marido, tan atento conmigo, no paraba de decirme:
- ¡Mira que probar hoy recetas nuevas!-  Y yo pensaba "venga majo, dame ánimos que esto es lo que necesito…"

Ocho de la tarde, mis invitados llegan a las nueve, yo estoy echa un adefesio, apestando a aceite frito, con la ropa llena de manchurrones de comida seca  y con los pelos de loca porque no he podido peinarme ni arreglarme. Aqui estoy sudando lo mio para preparar el jodido menú de las narices...  Tampoco  he podido hacer la cena de los niños, que ya se quejan de hambre . Voy a tomarmelo con calma porque ya ando rozando el histerismo, con mil pucheros, sartenes, platos, vasos, y todo tipo de cacharros sucios por toda la cocina. 

Ya está casi todo listo, ya tengo crema de verduras renegridas, empanada achicharrada, tarter rarito y aún me queda terminar la salsa de los dichosos pimientos rellenos.
No me acuerdo si se freían o no antes de ponerles la salsa, así que entre hacer algo sencillo o algo complicado, pues evidentemente elijo lo complicado…  Los frio y por supuesto se me pegan y se me rompen. Desesperada y hasta los mismisimos... los pongo como puedo en una bandeja y los meto en el horno  y decido que es una buena idea dejarlos ahí para que estén calentitos. Pues no, me vuelvo a confundir, no ha sido tan buena idea como pensaba porque se les ha secado la salsa de nata que con tanto esmero había preparado aromatizada con ajitos fritos y todo… ¡Una pena! Porque  me había propuesto hacer muchos  barquitos de pan. 

Finalmente consigo lavarme, peinarme, pintarme la raya en los ojos y ponerme algo decente. El olor a fritanga lo camuflo con kilos de colonia Alvarez gomez.  Y les frio unos huevos con patatas a los niños. ¡Parece que he logrado controlar la situación! Ya, por último, solo me queda calentar la crema que habia preparado, pero como ando como loca no controlo ya el fuego y lo pongo al máximo, por supuesto se me pega en la cacerola al recalentarla.  A estas alturas me importa un pito si sabe a quemado o no.

Mis amigos los pobres no se quejaron de nada  y se lo comen todo sin protestar. Yo me pongo morada de vino para alegrarme el ánimo.  Parece que todos están encantados, y yo con ellos.  Pero ya he decidido que la próxima vez invito a pizzas congeladas para cenar... Porque aunque se me quemen no me costará tanto hacerlas.

La verdad, es que ahora admiro más a mi amiga, esa que intenté imitar invitando a amigos a cenar. Cocina fenomenal, alguna de las recetas que me salen buenas me las ha enseñado ella. La tía se sabe todos los trucos y es expertisima en mil artilujios de cocina.   Los tiene todos.

Todos los años tengo la suerte de que me invita a cenar por su cumpleaños.  No me perdería estas cenas por nada del mundo, porque nos regala con una cena gloriosa.  Le encanta reunir a su mesa varios amigos y familiares de confianza  y muchas veces no nos conocemos entre nosotros, o solo nos encontramos una vez al año.  Es extraño y muy divertido, porque aunque no nos conocemos la cena funciona fenomenal, se crea un ambiente muy especial y  animados por la buenísima cena que tenemos servida en la mesa, el vino, las cervecitas y las copas terminamos todos como si fuéramos coleguitas de toda la vida.   Es una velada estimulante, relajada y de lo más curiosa.

Mi amiga, que es puro nervio, es mi ejemplo preferido de que nunca es tarde para luchar por lo que se quiere. También es un ejemplo claro de las vueltas que da la vida. 
Resulta que tras toda una vida empleada en los curros más varipintos se contrata en una consulta de psiquiatría y descubre que se le da bien esto de los locos, sabe como llevarlos; Vale para ayudarles. De pronto descubre que lo suyo es la psicología. Con gran esfuerzo, quitándose horas de sueño, robando minutos de donde puede y con una gran ilusión se pone a estudiar esta carrera por la UNED. Lleva dos años trabajando durísimo  y sorprendiendonos a todos por su fuerza de voluntad y téson para cumplir su sueño.

Lo sorprendente es que a pesar de la dificultad que le supone, de lo difícil que es para ella tener una familia, un trabajo, llevar una casa  y encima estudiar, saca buenas notas.
Aunque en realidad a mi ni me sorprende, porque es  otro ejemplo de que una persona que no le gustaba estudiar en el colegio materias generales como gramática, lengua, geografía o latín,  y que fue etiquetada "como no capaz de estudiar" puede descubrir que le apasiona algo concreto como  la psicología y comerse los libros. Y  es que no hay motor más fuerte que la pasión para lograr una meta.

Por esto, estoy completamente en contra de catalogar o encasillar a las personas, ni hacer juicios de lo que son capaces  o no de hacer en nigún momento de su vida, ni de poner barreras o cerrar caminos, porque todas las veces me sorprende lo que es capaz de hacer la gente cuando algo les emociona. Y siempre me alucina como cambian las cosas  y como la vida le da la vuelta a la tortilla.

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