29.-Por fin he acabado con la Navidad


Ya no he podido aguantar más y esta mañana, nada más despertarme, he acabado con la Navidad. La he borrado de mi casa. Hemos recogido las dichosas bolas, todo el espumillón, las luces, los christmas, el muérdago, los papas Noeles, los adornos de las ventanas, el árbol, el belén. Todo embalado en dos cajas y arreando para el trastero. Qué curioso...  mi Navidad cabe en apenas dos cajas. Todo el explendor Navideño guardado en dos cajitas de nada que van a guardar polvo durante un año entero.  Luego he tirado todos los dulces restantes a la basura y he hecho un barrido a fondo por el salón para eliminar todo rastro y listo. ¡Por fin! ¡Oficialmente se acabó la Navidad!

Por Dios, ¡Qué empacho de Navidad! ¡No puedo más! Y no sólo por las comidas descomunales, dulces, bebidas y demás…  ¡Que empalago de buenas intenciones y sentimientos! Que empacho de gente queriendo ser buena y sensible. De milagros navideños e historias con final feliz. Que hartura de tanto amor, compasión, tolerancia y afinidad que todo el mundo siente en estos días. Tanto para que mañana se esfume como el humo y cada uno a lo suyo; a sobrevivir en la jungla de la vida pisando cuellos y arrollando al que haga falta. 

Tengo que reconocer que yo misma he tenido recaídas gordas de espíritu navideño y he querido a todo el mundo y he sentido una bondad intensa en mi corazón (eso sí, creo que con más de una copa). Incluso he deseado lo mejor a aquel tipo que no puedo ver ni en pintura y no soporto. Incluso a ese, en esta locura navideña  y en mi confusión por tanto sentimentalismo, he creído amar y le he deseado paz y felicidad… ¡Agg!

Ufff, de verdad que no puedo más, necesito una desintoxicación de emergencia.   ¡Es que tengo un mono que me muero de una buena bronca! Si, eso es lo que me pide el cuerpo una pelea de esas donde me sube la mala follá como una quemazón desde los pies hasta la garganta y acabo con un tembleque de brazos y piernas rompiendo platos y diciendo barbaridades… Porque aunque soy muy tranquila y tengo mucha paciencia, cuando la gota cola el vaso ya no hay vuelta atrás. Y ahora necesito algo así para sentir algo de fuerza y energía. Pobre marido mío… ¡La que le espera!

Ay, que tengo ganas de mala leche, de ponerme de los nervios,  de estar retorcida, de sentir algo que sea real, y no la sensiblería ficticia de la Navidad.  En realidad la Navidad es una nube gorda de sentimentalismo que oculta un consumismo desbocado. 

Porque esa es otra, acabo de revisar la cuenta y aún estoy temblando de lo que nos hemos gastado en dos semanas. Y es que en Navidad todos los lujos y gastos desproporcionados se ven bien, todo el mundo lo considera necesario y lo civilizado, vamos, lo hay que hacer en este momento;gastar, gastar y gastar. Y  aunque te arruines debes comprarte un buen jamón pata negra por Navidad.

Es increíble, pero tan agotada he terminado de tanta Navidad que  hasta tengo ganas de volver a la rutina, de volver a currar.  Pensándolo bien, imagino que esta es la misión de esta fiesta, que se creó con esta intención, un parón en el camino para llegar a estar tan agotado y empalagado de Navidad, fiesta y los actos extraordinarios que deseas de nuevo volver a tu miserable vida anterior.  

Tras la Navidad la opción de ir al trabajo se vuelve atractiva, salir de casa con normalidad, no tener que organizar o asistir a actividades especiales,  llegar a la oficina como siempre, hablar con los mismo compis, lo de todos los días; comentar chorradillas, leer correos, escribir documentos, comer de menú, tomarme ocho cafés para quitarme el suelo,  confundir a los clientes por teléfono y cargarme algunos miles de routers de usuario.

Vamos, que casi me he autoconvencido para ir mañana al trabajo contenta y feliz,  si no fuera porque  el curro es curro, y las cosas deben hacerse, no las puedes dejar para otro momento en el que estés más brillante,  porque es tu obligación, todo tiene que estar para ya, y todo es importante y debe quedar perfecto. El puñetero estrés que genera esta exigencia tan grande es lo que estropea  mis ganas de volver.  Como siempre si las cosas se hicieron con tiempo, pudiendo pensarlas y meditarlas un poco, tranquilamente, creo que en ese caso mi trabajo me gustaría y ahora mismo, a siete horas de volver a la oficina después de una semana de  vacaciones de no tendría un nudo en el estómago.


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