23.- Sin café


Como todas las mañanas he ido dando tumbos por el pasillo y arrastrando los pies a por mi café salvador y ¡No me funcionaba la dichosa cafetera! Pongo el café molido, el agua, le doy a los botones, hace ruido, pero este cacharro no me da mi café redentor. A ver, modo purgado, nada. Modo limpieza, nada de nada.  Otra vez, café molido, agua, botones, presión. Joooeeee, esto no funciona  A partir de este momento el día ya no se ha enderezado.

 Yo sin café no soy persona, así que preparado los desayunos de los niños como una zomby.
-Mama, este colacao está helado -. Me dice la pobre Raquel
-Mama, falta la pajita -. Me dice el otro
-Suuuuu, ¡Joder! No abras el agua que me estoy duchado!-. Grita el padre desde el baño.
-Mama, me has puesto un calcetín de cada…
-Mama, que este calzoncillo es de papá
-Mama, que hoy no tengo chándal.
-Mama, que no me has metido el desayuno.
-Mama, que este es el de Iván.
-Mama, vaya birria de coletas que me has hecho

Mama, mama, mama, mama, mama, mama… Hoy lo hago todo al revés.
Hago las camas arrastrándome. Soy una obsesiva de las camas. No tengo remedio. Pase lo que pase las tengo que dejar hechas antes de irme por las mañanas, aunque me suponga llegar tarde al curro. Y es que lo que más odio del mundo es llegar por la tarde cansada y encontrarme las camas sin hacer. Me entra por el pecho una mala sensación,  ver las camas empantanadas me hace sentirme mala madre y mal ama de casa, me hace pensar que no puedo con mi vida  y empiezo a darme pena de mi misma y esas cosas que a veces me rondan la cabeza cuando no logró poner las prioridades en su sitio. Así que prefiero ahorrarme estas comeduras de tarro y remediarlo por la mañana y dejarlas perfectamente hechas, con las sábanas remetidas y los cojines colocaditos, aunque esté sin café.

Adoro el café, sobre todo recien hecho, bastante azucarado y con una capita de espuma por encima. Justo como lo hace la cafetera que me regalaron SSMM los Reyes Magos el año pasado.  Me encanta tomar la taza con ambas manos y sentir el calorcito, y el aroma, el olorcito siempre me lleva a las meriendas los sábados en casa de mi abuela.

A aquellos primeros cafés en el cuartito de estar de Juan Urbieta. Con mis tíos y tías, mis primas, mi madre y mi abuela Dora orquestando la reunión y echandonos las cartas para ver que nos depararía el futuro: Si un novio rico o un negocio interesante. Así pasaban las horas entre historias de unos y tonterias de otros.

Mi abuela nos contaba cosas de sus clientas, ella era masajista, y de sus amigas, de sus salidas de paseo por Madrid, de las cafeterias de la Gran Vía, del Bingo y de los bailes robados en los hoteles.  Mis tíos presumian de sus aventuras con los amigos, sus viajes, sus liges y sus aventuras. Mi madre y mi tía contaban la última dieta que habian hecho, a quien habian conocido, y los ultimos cotilleos de vecinos, familiares y amigos.  Hora tras hora compartian las cosas de la vida.
-¿Sabéis que el primo Pepin se enamoró locamente de una chica de Cuenca?
-Ella era una chica my sencilla. Que nunca habia salido del campo. El primo tan erudito, con tantos estudios y perdió la cabeza por una chica tan humilde. Una chica buenísima, según dicen.
-Jajaja, él que siempre andaba paboneándose de su nivel cultural y económico. De su clase noble.
-Pues les pilló la portera porque les dió una necesidad muy fuerte... Por lo visto no sabian donde ir y se escondierón donde el cuarto del carbón.
-Jajaja. Cuando se los encontró la portera él estaba completamente negro. La pobre, la portera, se dió un sustó de muerte, porque le confundió con el negro que pide en la puerta del mercado...
-Jajajaja...
-En esta vida no se puede hacer planes ni decir de este agua no beberé....

Y todo bañado por los chistes que siempre contaba mi abuela. Ella tenía un humor especial y a todos nos encantaba compartirlo durante las largas horas de las tardes de sábado de Otoño.  Yo tomaba nota de todo y en los primeros años de adolescencia,  en los primeros cafés en aquella habitación, deseaba hacerme mayor para echarle un pulso a la vida tal y como hacian todos ellos.

Vuelvo a la realidad, a mi pulso actual al día a día y sin café. Conduzco con los reflejos atontados, menos mal que se me el camino de memoria.  Y freno, giro, cambio de marcha y de carril de modo automático. Son miles de veces las que he hecho este camino. Porque yo soy de caminos sabidos, y me gusta repetir las maniobras. todos los días freno, giro, cambio de marcha y de carril en los mismos lugares. Y menos mal porque sin café no estoy para leer carteles ni improvisar rutas...
Creo que los de la guardia civil deberían hacer además de la prueba del alcohol la de la falta de café. Porque el atontamiento que llevo encima es de nota. Aparco por el sistema de aproximación por ruido: Un golpecito al de adelante, cambio de marcha, giro volante, un golpecito al de atrás. Otra vez cambio de marcha, giro volante y un golpecito al de adelante… Así golpecito a golpecito y tras tropecientas maniobras logro meter mi corsita en un sitio inverosímil y en línea. Y me digo a mi misma “¡Ole, ole, Susana! ”.

Me voy arrastrando por el metro como puedo, me dan calambres las piernas y tengo tembleque de brazos. Me obligo a hacer un esfuerzo mental  para mover las piernas una detrás de otra y recorrerme intercambiador de noviciado. Me concentro: Un pie, otro pie, un pie otro pie… Un escalera, otra escalera, otra más... arriba, arriba. Yo lo que quiero es volver a mi casa hacerme un ovillo y meterme en mi cama que está perfectamente hecha con las sábanas remetiditas.  Pero aquí estoy andando pasito a pasito a ganarme el pan de cada día, el mio y el de mis hijos.  Valoro la posibilidad de llamar al curro y decirles que tengo un mono horrible y que me tengo que desintoxicar en mi cama durante una semana.  La verdad, es que si  esto que siento es el mono del café que tiene mi cuerpo. ¡Es increíble!  Me imagino lo que debe ser dejar de fumar. Ya entiendo porque la gente lo pasa tan mal cuando intentan dejar de fumar… ¡Si yo estoy así por un simple café!.

Echo tanto de menos los tiempos buenos de las pellas. Aquellos años de la universidad: Que  no estaba de humor, pues me saltaba la hora de clase. Que habia una peli chula hasta las tantas. Sin problemas, me saltaba las primeras horas y punto.  Lo malo es que en los trabajos no se puede forzar las cosas. Si en tonterías como está me salto días de trabajo cuando de verdad lo necesite porque un niño esté malito o tenga que ir al cole para algo ya voy a tener un poco al jefe desgastado y eso no conviene a una mama curranta como yo. Hay que llamar la atención lo menos posible, que es bantante dificil.

Por fin llego a Quevedo y muevo mis piernas acalambradas hasta una magnifica cafetería donde tienen unos cruasanes riquísimos. Ummm, esto es el paraíso en la tierra, huele que alimenta a café recién hecho, rico-rico, y a bollería. Esto es justo lo que yo necesitaba.  Es para volverse loco: tres cruasanes por euro y medio. También hay ensaimadas, napolitanas, magdalenas caseras … todos recién horneados y esperando que yo me las coma.   Hoy creo que necesito un súper café para llevar espumoso y cremoso y tres cruasanes de sabores distintos: Chocolate, mantequilla y azucarado. Esto va por una servidora trabajadora, me digo a mi misma.  Lo meten todo en una bolsa de papel monísima y yo me voy tan feliz y contenta a mi mesa de trabajo. Y me sabe a gloria.


Lo malo es que parece que las casi dos horas si café han afectado a mis neuronas o quizás a mi suerte o no se a qué. Hoy nada me sale como quiero.  Atiendo audios donde no me entero de lo que se habla. Les digo mentiras (no a propósito sino porque me confundo) a mis clientes, compañeros y jefes. Todas las pruebas que hago me fallan. Así pasó las horas, agobiada, con la cabeza loca y atontada.  En un intento de arreglar las cosas a la desesperada  caen dos, tres, cuatro y cinco cafés más, creo que me he pasado,  esto no mejora.  

Continúo  con una sensación de que hoy no me cunde y no soy capaz de pensar cuerdamente. Se me embota la cabeza y se me hace un mundo mover los brazos sobre el teclado. Me pesan tanto… nunca me había fijado en lo que pesan unos brazos con unas manos colgando… Que curioso...

Me van surgiendo asuntos unos tras otros, se mezclan todos y no me da tiempo a terminar ninguno. Me estoy poniendo algo atacada. Intento ordenarme apuntándolos y numerandolos en la libreta…pero se me olvidan antes de completar la lista.  Las llamadas interrumpen correos que escribo y no me acuerdo de mandar. Y hago promesas a los que me llaman, promesas que olvido en cuanto cuelgo el teléfono.  Así ,  tan torpe y estúpidamente va pasando la mañana. Y me aumenta el dolor de cabeza, los temblores  y comienza un malestar en la boca del estómago… ¿Será que al final tomé demasiado café?

Por fin me voy para el cole, al final hubiera sido más acertado haberme quedado hecha un ovillo en la cama.  Seguro que mañana tengo que deshacer y arreglar todo lo que rompí hoy con mi tonteria.  De nuevo con las piernas atenazadas me arrastro por el metro y además dolor de cabeza intentando llegar a tiempo al cole.  Me concentro y muevo los pies, unos, dos, uno, dos y  bajo las interminables escaleras del intercambiador de Noviciado. Una escalera, dos escaleras, tres.  ¿Esto es del café? Quizás me he pasado un poco al final con el dichoso café. Vuelvo a darle vueltas al asunto.

Llego al colé, con tembleque y palpitaciones… Me concentro. Esto no tiene importancia, es el jodido café. Me concentro, pedo seguir. Disimulo, estoy fenomenal. Esto no es nada.

-¡Hola niños! – Les digo forzando una alegría que no siento para nada  y dando saltitos de una a otra de mis piernas acalambradas.
-¿Nos vamos para casita?-. Estoy loca por meterme en la cama y hacerme un ovillo.


Llegamos a casa y me compadezco de mi misma una vez más, yo sólo quiero meterme en la cama, pero los niños tienen hambre y Raquel tiene que hacer no ée qué adorno de navidad para el cole. Hago de nuevo acopio de todas mis fuerzas de voluntad y con manos rigidas preparo la merienda y hacemos el adorno. 

He de reconocer  que los niños me arrastran a la vida. Sin ellos estaría siempre tirada en un sillón consumida por la apatía y comiendo pipas Tijuana-  Ellos no me dan cuartelillo para lamentaciones, me obligan a vivir porque sus necesidades me llegan al nucleo de mi ser y soy incapaz de no cubrirlas.  Soy incapaz de pasar de ellos y tirarme a la bartola en mi cama perfectamente hecha, que es lo que más me apetece en el mundo.  Me obligo a cumplir como madre, aunque estoy como unos zorros y con muy mal humor. Les doy de merendar y les doy también una retaila de gritos  e improperios:   Sois unos vagos. Sois unos desagradecidos.  A mi es a quien tendríais que traer el agua. Yo que estoy fatal aquí como una esclava. ¿Qué quieres otra merienda? Pues yo quiero un esclavo que me guise, me barra y me abanique…

Finalmente enchufados a sus maquinitas, logro colarme entre mis soñadas sábanas. Lo malo es que no disfruto nada de la paz que yo esperaba, estoy hecha un flan de nervios, la sangre en las piernas me bulle como loca, los brazos me tiemblan, la cabeza me da vueltas. No soy capaz de soportar estar echa un ovillo en  la cama.

Joeee, esto tiene mala pinta. Ahora tengo mal cuerpo, me revienta la cabeza, tengo dolor muscular.  Y creo que algo de fiebre…  Me parece que me he confundido completamente hoy con lo del café y esto es el virus fulminante que pasó mi compañero hace unos días. Tiene todos los síntomas, estoy hecha unos zorros con los mismos dolores que nos explicó ayer. Será…¡hijo de su madre! ¡Me lo ha contagiado!  Y yo aguantando todo el día pensando que era el dichoso café.

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