22.- Hemos decidido ir a la nieve


Hemos decidido ir a la nieve, tenemos mono toda la familia, y aun este invierno no la hemos visto.  Así que hemos planeado levantarnos prontito, hacer unos bocadillos e irnos a la montaña.
Sólo que el plan se tuerce un poquitín, porque se está tan bien en la cama..., que nos olvidamos de aquello de "a quien madruga Dios le ayuda”, y como ya no tenemos a Dios de nuestra parte, resulta que las botas de nieve les están chicas a los niños, y eso que el año pasado las compré grandes para que duraran muchooo, tampoco encuentro los guantes, las bragas y los gorros.  Juraría que los dejé en una bolsa del armario de la entrada. Y tampoco aparecen las cadenas. ¡Maldita sea! Nos dan las 12 en el Decathlon  avituallándonos, ¿como nos vamos a ir sin un equipamiento apropiado…?
¿Dónde quedaron aquellas escapadas que hacíamos en el instituto a la nieve con aquello que pillábamos por casa? Me acuerdo que nos íbamos en tren hasta Navacerrada, con nuestros chándal y el pijama debajo, las zapatillas de deporte con un par de calcetines, nuestras trencas que se nos empapaban y guantes de lana. Nos llevábamos los bocatas en los bolsillos y trescientas pelas para un refresco y un capricho. Revivo la emoción de la salida, la aventura de las primeras escapadas, con amigos y más que amigos. Las tonterías en la nieve. Las primeras caricias robadas en las batallas de bolas de nieve. Los calores y las mejillas ardiendo en el frío.  ¡Qué tiempos aquellos! Nos lanzábamos colina abajo con  bolsas de basura, no sabíamos ni que existían los trineos. Me acuerdo bajando al tren por un camino de hielo. Resbalando uno, resbalando otro, resbalando todos. Felices y contentos tirados en el suelo. Y finalmente empapados y agotados en el tren de vuelta a casa.
 Una vez con el kit completo de nieve que nos vende el Decathlon  tomamos  carretera hacia Riaza. Hemos desechado la idea de ir a la sierra de Madrid, porque a estas horas la Guardia civil debe estar impidiendo el acceso al puerto.  Así que nos vamos a Segovia. Lo malo es que es el primer día de puente y medio Madrid ha decidido salir por la misma carretera que nosotros. DEspues de hora y media para recorrer cuarenta kilómetros, tener la cabeza como un bombo de las peleas de los niños y gritos amenazadores de los padres, empiezo a pensar si ha sido una buena idea salir de casa. Pero, gracias a Dios todo tiene su fin, incluido el atasco de salida de Madrid y ya vemos las montañas blancas de la sierra de Ayllón.
Ante tal vista, se nos pasan  a toda la familia los malos rollos y estamos todos emocionadísimos. Sólo que son las tres de la tarde y nuestras tripas rugen de hambre… Y aun estamos en Riaza. Aquí no pega comerse un triste bocadillo. Aquí lo que pega es comerse un cochinillo. ¡Con el hambre que tenemos este cambio de planes nos parece perfecto! Así que vamos a casa José y nos pedimos el menú degustación: Unos torreznitos de la zona, setas de cardos al ajillo, calditos de cocido, una ensalada y cochinillo. Todo esto regado por un buenísimo ribera del Duero, y para finalizar un poche segoviano casero.  ¡para chuparse los dedos!
La alegría de salir de Madrid, disfrutar de mi familia, ver felices a los míos y el ribera del Duero que se me sube a la cabeza, me hace sentir con mucha intensidad el momento tan bueno que vivo. Soy tan feliz, me siento tan afortunada de tener a mi familia, de que compartan conmigo estos momentos tan maravillosos.  Me río a carcajada suelta, no lo puedo evitar, los niños y el papi están encantados. Nos contamos tonterías, chistes, adivinanzas y nos reimos costantemente por todo.
-Papá, pero estas palas que hemos comprado sirven para tirarnos por la montaña.- pregunta una
-Pero papi, ¿ cogerán velocidad?-  Pregunta otra
-¡Claro que si! -Respondo yo, adelantandome al papi. - ¡Ya veréis como se lanza una experta montaña abajo!-Les digo deseando hacerme con una de sus palas segura de que va a ser muy divertido. Ya me veo a toda velocidad montaña abajo.
Papa les dice -  Dejar a vuestra madre que está pedo con un vaso de vino…
-Mama , ¿Pero es que te ha sentado mal la comida y tienes gases? –Me pregunta Raquelina toda preocupada.
¡Yo me troncho!, Lloro de tanto reir .- ¿Se me han corrido los ojos?- Pregunto
-No mama, continúan en su sitio- Me dice Iván muy preocupado.
 - No ha sido un vaso, ha sido media botella lo que me he pimplao. - Me defiendo, porque Raúl me dice que se sube el vino con olerlo.
 Los demás clientes del  restaurante nos miran disimuladamente y yo me siento orgullosa de estar pasándolo tan bien con los míos. Pero parece que es la hora de pagar e irnos sin armar más lio.
 
Nos metemos en el coche camino a la nieve. Subimos la montaña, por una carreterita entre hayedos de colores rojos, naranjas y amarillos. Vemos vacas y hablamos con ellas un rao para deleite de los niños:
-MUUUU, ¿Sabéis dónde está la nieve?
-MUUUUU – Nos contestan
Y ahí vamos, la familia al completo a la nieve.
Lo bueno, con el cambio de planes es que la gente baja de la montaña a comer y nosotros subimos. Son las tres. Aun tenemos tres horas para disfrutar del sol. 
Llegamos a un sitio que tiene muy buena pinta. Y no hay practicamente nadie. ¡Qué lujo! . Y nosotros sacamos todo nuestro súper kit de nieve y nos preparamos. Tres horas dan para mucho: Miles de lanzamientos de trineos, guerras de nieve, muñeco de nieve y paseo por la nieve.
Pruebo la pala -Dame niño,¡Que tu madre te va a enseñar lo que es la velocidad! -Pero aun me duele el moratón del patinaje. Mejor os lanzáis vosotros...




 
Raúl y yo disfrutamos de la puesta de sol entre las montaña. Huele fenomenal a tomillo, y todo es precioso.  Nos sentimos tan bien… El sol nos da en la cara, y la nieve brilla arrancando preciosos colores al paisaje. El cielo está anaranjado y yo me siento la mujer más afortunada del mundo a pesar de que mi maridito me ha tirado un bolazo en el cuello que me ha calado hasta las entrañas.  
Observo a los niños y me siento aun más dichosa. Les veo apurar sus juegos con las palas,  ya han probado todos los modos de lanzarse;. sentados,de rodillas, de cabeza, dando vueltas, los dos enlazados, uno adelante y otro atrás, agarrados por los tobillos…
Les veo tan mayores, se han convertido en dos personitas buenas y alegres.  Estoy segura que son niños felices y me siento bien por ello.  Algo he debido hacer bien... No es que sea niños perfectos, tienen sus cosas, a veces les mataría, pero les quiero tanto… Me gustaría guardar este momento en un botecito. Les miro y remiro para intentar grabar todo esto en mi memoria.
La niña es ya una señorita. Entiende todas las cosas que le cuento, me comprende, nos encanta pasar ratos como ella dice “de sólo chicas”, siempre se ofrece a ayudar, y es muy trabajadora y hacendosa. Además se ríe muchísimo. Tiene un gra sentido del humor.

Mi niño, con sus pelos rizados siempre despeinados,  es el hombrecito de la familia, a pesar de seguir con la cabeza llena de pájaritos, y de seres maravillosos, le encanta descubrir como son las cosas y luego contarte historias que escucha y darme una y mil explicaciones para que lo comprenda bien. Crea teorías para todo lo que ocurre a su alrededor. 
Mi marido, atento, fuerte y protector. El compañero ideal para compartir estos momentos. Me siento la mujer más rica del mundo. Yo si que tengo un gran tesoro.
 Anochece, volvemos a casa, cansados, mojados y encantados.

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